Solía llevar consigo piedritas, tillos, plantitas y plantas (un arrayán regalado en la mochila), palitos... y cajas, cajotas, cajoneras; todo aquel objeto que le pidiera no ser abandonado a la interperie -porque si algo ya se sabe es que no todas las formas hablan, y que no a todas les gusta ser llevadas, sí, el primer paso era que la cosa pidiera-.
Después, debía estar muy atenta para saber dónde dejar los pasajeros, algunos solo querían ir a la siguiente esquina, algunos a un parque específico, al patio de su casa, o a la ducha. Recogerlos y dejarlos.
¿Se sentiría así el conductor de un tren?
Con las piedras la relación era especial y tenían una condición, debían ser dirigidas por los pies (libre de la intervención de las patitas superiores, o si se prefiere: no manos), se necesitaba una patada extremadamente delicada, casi una no-patada sino una caricia de transporte. Así, caminaban acompañadas cuantas esquinas la piedra quisiera. Esas tardes eran deliciosas. Solo piedra y niña en el mundo, el bosque era salvo.
Aun ahora, en ocasiones los objetos hablan. El tillo ayer la miró pensativa y no pudo evitar susurrarle: "tómame, vamos. Yo te hago compañía." Entonces, le sugirió que considerara que incluso las estatuas más cercanas a la perfección... siguen siendo estatuas y que las miradas deepblueocean con aroma klein están en otro tren.
El bosque está a salvo.
(cada uno de los tendones)

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