jueves, 1 de septiembre de 2011

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A tu camisa rosada, a tu silbato blanco, tus cabellos ensortijados y tus ojos rojos-rojísimos-rojos quisiera haberles jurado que íbamos a estar bien, prometido que lo que vendría era la salvación. Quisiera haberte abrazado fuerte, muy, hasta que calentáramos al frío y evaporáramos la existencia.
-Deséame suerte
-¡Mucha suerte!
-Deséame toda la suerte, mucha, mucha suerte.
-Muchísima, muchísima suerte y bendiciones.
Bendiciones para ti, porque tú las mereces - me dijiste.
Porque yo no tengo perdón - soltaste las palabras casi inaudibles.
Y tus ojos rojos-rojos-rojísimos de aura gris empezaron a chorrear. 
Tus lágrimas, tus mejillas, tus pestañas, tu silbato, tu aliento a borracho me inundaron.
Quería abrazarte fuerte, hasta desintegrarnos. Y que nadie nos separara.
Yo sabía que en ti deberían recaer las bendiciones, porque a quien bendice de tu forma se le debería dar lo mejor. Y si pudiera decirte qué es lo mejor, en pocas palabras, podría hablarte de sopas calientes, atardeceres limpios y lluvia refrescante. Calores para sonreír profundamente.
En tu mirada vi despedida, en tus manos sentí fortaleza cansada.
Si supieran tus rojos ojos que me compartieron de las mejores comidas...




¡Vive manjares, penetrables abrazos!
¡Los dioses estén contigo!




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